Que influyen las puntuaciones de los espectadores en las bases de datos de cine lo confirma que había aplazado varias veces la visión de (“Henry Johnson”; David Mamet, 2025) por las pésimas notas que le asignaban en Filmaffinity e IMDB.
Pero hoy me he dicho de, por lo menos, empezarla a ver, dejándola si me parecía una nulidad. Me he encontrado con ese primer acto -para mí el mejor- que me ha recordado enormemente momentos de otros de sus films basados en sus obras teatrales: ¡qué bueno es David Mamet! -me he dicho, viéndola, claro está, hasta su final.
Tres actos, tres momentos que demuestran el poderío que exhibe Mamet cuando se trata de enfrentar dos personalidades diferentes y hacer ver, por el vertiginoso ritmo de los diálogos, el aplastante dominio psicológico de uno de los personajes sobre el otro.
Hubo un tiempo en que el cine norteamericano “decía” por activa y por pasiva, hasta la redundancia, para que su espectador no se perdiera y captara rápidamente lo que se narraba o el mensaje que se quería lanzar. Viendo “Henry Johnson”, en cambio, has de estar muy atento, porque sabes que si no la pescas a la primera, difícilmente podrás entender la cosa. Sigues medio hipnotizado, por ejemplo, la batería argumental que ese experimentado jefe de despacho de abogados, mientras va recogiendo su despacho (¡cómo se nota ahí el excelente director teatral que es Mamet!), va soltando, sin apenas dejarle contestar, al joven de su equipo que le ha ido con una propuesta. Vas siguiendo a duras penas, con el ceño fruncido, sin saber ni quiénes figuran ser los dos personajes, ni qué es lo que se dilucida con tanta intensidad, hasta que poco a poco vas colocando alguna pieza del puzzle… y al final caes de bruces.
Lo dicho: ¡qué bueno es Mamet



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