Fuimos ayer por la mañana al Verdi a ver “Siempre es invierno” (2025), más que nada porque iba a estar en el coloquio David Trueba, y me suele gustar lo que dice y cómo lo dice.
No me equivoqué. Posiblemente cuando me lo pasé en verdad bien fue en el coloquio, aún teniendo que superar el calvario ese de gente que va a este tipo de cosas para “hacer un comentario” sobre la película que demuestre cuanto saben del director y “de cine” (sin ser de cine de lo que hablan).
La primera en la frente. Un señor muy serio abrió el turno diciéndole a su director que, pese a lo que le habían dicho todos sus conocidos sobre la película, a él le había gustado. Hay que tener muchas tablas para recibir una bofetada así (oír decir que a nadie salvo a ese espectador le ha gustado) en plena cara y seguir con espíritu generoso lo que venga.
Otras risas (en este caso compartidas por buena parte del público, aunque no parecieron entenderse por quien lanzó la frase ni por el propio Trueba) también me surgieron por la ocurrencia de otro espectador-espectadora en este caso-, que empezó su intervención mencionando que había leído a Boyero diciendo que le había gustado.
Pero esas fueron unas risas mías a contracorriente. Lo bueno de David Trueba llegó por el final, cuando vio que el tiempo se acababa y apenas se había oído a unos cuantos espectadores pontificando. Entonces empezó a largar, ahondando de verdad en sus ideas generales del tránsito por aquí abajo.
Si divertido fue explicando cómo intentó convencer a una actriz (a la sazón su hija) que había tenido suerte, porque le había dado un papel minúsculo, pero fundamental, porque decía una frase magnífica, a mí me llegó al alma con otras dos cosas.
La primera, cuando respondió a un espectador buen observador que, efectivamente, como le pasa en la película al personaje de David Verdaguer, él también heredó un galán de noche de su padre, lo que le dio pie a explicar que, como es el pequeño de ocho hermanos, eso quería decir que a ninguno de los siete anteriores le interesaba, y rematar que por suerte -porque las herencias siempre provocan peleas entre los herederos-, sus padres no tenían casi bienes para dejar en herencia, y concluir -ahi quería yo llegar- que lo que sí pidió quedarse, para asombro y luego terror de las amistades que van a su casa, fue la hologtafía de “La última cena “ de Leonardo da Vinci con un marco de leña. “¡Pero qué horror es esto que has colgado!”- le dicen sus invitados.
La segunda, ésta seriamente razonada, pero que me temo dejó totalmente desconcertado y fuera de juego a los espectadores del Verdi, fue su defensa acérrima a que sus personajes dijeran en la película cosas horribles, de esas “que se dicen continuamente en la intimidad”, y no dulcificar y moderar el lenguaje hasta hacerlo totalmente inane, porque una persona es como es, y no como las convenciones del momento dicen que debe ser. Como digo, me temo que el público medio del Verdi, tan adepto a lo “que se debe decir y hacer”, se hizo unas cuantas cruces oyendo la admiración que siente Trueba viendo las noticias sobre esos deleznables que, borrachos, conducen un coche salvajemente en sentido contrario, o esos políticos que han robado un montón en su actividad cotidiana. Cuando ha dicho que evidentemente los tenían que meter en la cárcel, pero que los admiraba, me he reído un montón ante la reacción del respetable.


No hay comentarios:
Publicar un comentario