jueves, 2 de marzo de 2023

Insiang

La bella Insiang.

Los borrachos mocosos del barrio, sentados en el banco del comercio local, vestidos con sus trajes de macarras años 70, como si de una película de quinquis española se tratase.

Uno de los encuadres que llaman la atención. Insiang -a la izquierda- hablando con su amiga mientras es observada secretamente por el hermano de ésta.

Otro encuadre muy estudiado. El que se dice “boyfriend’” de Insiang, preguntando el precio de una habitación en el hotelucho, mientras Insiang baja la cabeza con vergüenza y algo atemorizada.

“Contiene agresión sexual y maltrato animal”, avisa Mubi antes de que se inicie “Insiang” (Lino Brocka, 1976) y, efectivamente, al menos con lo segundo, a continuación siguen unas terribles escenas de un horrible matadero de cerdos y su inicio de línea de despiece.
Tras el matadero, salto a un mercado (aunque a la parada del pescado, y no de la carne) y de ahí a un barrio que es casi un bidonville, al lado de un pestilente canal que riega aguas arriba (aunque parecen estancadas) una enorme fábrica. La cámara sigue a distancia por el barrio a la que será la protagonista, la Insiang del título. Es entonces que hay un par de feísimos zooms, acercando y alejando, hacia y desde el truck-truck donde está el que parece y luego confirmaremos villano de la pieza.
Lino Brocka alcanzó cierto renombre en las revistas especializadas al ser el primer director filipino que se dio a conocer en los festivales occidentales. Lo que no sabía es que sus películas no sólo eran retratos sociales de las clases más míseras, sino también extremos melodramas como éste, que habla entre otras cosas de la rivalidad entre una madre y una hija, con un argumento digno de fotonovela sudamericana de la época.
Pero, cinematográficamente hablando, se entiende la fama, más allá del exotismo de sus localizaciones de suburbio industrial totalmente subdesarrollado o de los slips del macarra estilo Magnum que tiene un papel estelar. Sus radiantes colores, supongo que vivificados por la reciente restauración, inundan la pantalla, varios encuadres (alguno lo he localizado por internet y lo cuelgo por aquí) son de un mérito notable y hasta hay algún raccord muy visible que te hace sonreír (del golpe del taco a la bola del billar a la percusión de un martillo en un taller mecánico).
Y, tratándose de un ambiente filipino, igual que pasa bajando en la línea V11 de autobus de Barcelona, la sonoridad de unos precipitados diálogos en tagalo te sorprenden periódicamente con una palabra española como la repetida constantemente “trabajo” o, al menos una vez, ventilador.
Claro que también se habla del Discorama y, en la escena del cine donde van a meterse mano las parejas o algo después se oye también “boyfriend”. Lo que marca el paso de la que fue la primera potencia colonial a la que le siguió en el lejano país.

Insiang en su casa, entre su madre, pescadera en el mercado y el macarra tipo Magnum que se ha echado como novio.

Otro plano “de observación”…

Y el plano más elaborado de todos. Insiang y “tío Dodo” (Magnum, para aclararnos) ante un espejo… en el que los espectadores podemos saber que la madre de Insiang está observando la escena.
 

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