miércoles, 8 de julio de 2026

El abanico de Lady Windermere


“El abanico de Lady Windermere” (1925; en Filmin) ya es un Lubitsch por todos sus costados. Basta presenciar su primera escena, introduciendo la simpatía, pero a la vez el arrobo, que le causa a Lady Windermere el acoso amoroso del amigo de su marido. Un rótulo donde aparece un narrador luego ausente (salvo para hacernos notar como se trasmite carácter y circunstancias con la forma en que una persona toca un timbre de una casa), que nos habla de las dificultadas que supone situar a los invitados en una mesa, da paso al primer plano de un tablero donde ella ha de situar, cerca o lejos, al interfecto.
Poco después, una secuencia que juega con el enorme espacio de una sala, los minúsculos bancos en sus extremos y las sucesivas colocaciones de la pareja primero los dos distanciados, luego los dos en la misma banqueta y finalmente ella, aturdida, sóla en una de ellas, en la inmensidad de la sala, nos avisa que, a partir de ella, todo van a ser felices ideas de puesta en escena.
Sobresalen, claro, unas cuantas.
Una es, imperativamente, la que tiene lugar en el hipódromo, sitio de reunión de la high class… y reino del cotilleo más desatado. En un campo de chisteras, correspondientes a caballeros que, junto a la pista, contemplan la evolución de la carrera, se distingue un voluptuoso sombrero. Cuando la poseedora del mismo da media vuelta y se dirige hacia la cámara, hacia las gradas, todas los poseedores de chisteras de su alrededor se giran, para contemplarla a gusto.
No acaba ahí esa escena, pues da paso a todo un juego de observaciones, con el campo visual de uno u otro prismático como marco: todo el hipódromo está atento a esa extravagante mujer, de mala fama. Es la maestría de Lubitsch la que hace que esas miradas se enriquezcan aún más con el entrecruzado de otras cuya lejanía provoca más de un equívoco….
No hay equívoco en el plano que cierra la acción del hipódromo (ese marco o tapa del objetivo de la cámara que va cerrándose sobre la mujer que busca la salida y el cotizado soltero que la persigue: ver imagen), pero sí que el equívoco preside toda la película, basada en una obra de Oscar Wilde que ha sido adaptada para el cine varias veces. La curiosidad de ésta, y su mérito, reside en que el cine sonoro aún iba a tardar unos años en llegar, con lo que, en vez de utilizar las punzantes frases del escritor para llevar la historia, Lubitsch ha de azuzar su ingenio cinematográfico. Y vaya si lo hace,..
Puestos a destripar algunos, tiene la película gags que me suenan a otros de Buster Keaton. Ahí están esas tres damas cotillas sentadas a poca altura, sin que les veamos sus cabezas, hasta que, una y una, van poniéndose en pie para atisbar mejor (imagen: ¿alguien sabe qué obra es la que representa el tapiz con también tres figuras mirando a una cuarta que sirve de fondo? Es para ver si su tema le añade otra ingrediente al conjunto, redondeándolo, o simplemente ejerce de fondo visual).
Pero, sobre todo, hablando de Keaton, se han de nombrar los equívocos provocados por las escenas contempladas sólo parcialmente, no en su totalidad. Los juegos de setos del jardín (los podados en línea recta que hace que solo se vean las cabezas y la planta del porche que solo deja ver a ella, pero no a él) de la mansión donde se desarrolla la fiesta mundana son los mejores y, aunque muy alejados, del mismo estilo de aquellos que dejaban asustado al padre de “El héroe del río” sobre el carácter de su hijo (B.K.) cuando iba a recibirlo a la estación de tren.
Tanto Oscar Wilde como Ernst Lubitsch dejan en evidencia en su obra la hipocresía de una clase social que solo mira las apariencias, y acaba la obra con un cierto “final feliz” quino deja de ser la constatación de acabar con esa lacra. Suerte que Lubitsch se guarda la última en la recámara.






 

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