miércoles, 1 de julio de 2026

La salida de los trenes




Estos días se cumplen 85 años.
A los pocos días de entrar Rumania en guerra junto a Alemania, el 29 de junio de 1941, en la ciudad de Iasi, de altísima proporción de población judía, bajo el pretexto de que apoyaron a sus enemigos los bolcheviques, los soldados y policías rumanos van a buscar a sus casas a una enorme cantidad de judios, los concentran en en patio de la comisaría y, a base de palos y disparos causan una masacre. A los supervivientes los meten hacinados al día siguiente en vagones para ganado del después llamado “tren de la muerte”, sellando sus puertas. La gran mayoría muere por el calor, la sed y la falta de aire.
Nada más empezar “La salida de los trenes” (Radu Jude, 2020; ayer en la Filmoteca) se suceden uno tras otro los retratos de víctimas de ese pogromo con, en off, el relato de testigos de los hechos en el juicio que contra los asesinos se efectuó cinco años después. Si falta el relato de un testigo, la foto queda sin acompañamiento sonoro. Si falta el retrato de una de las víctimas, el relato se oye con la pantalla en negro. En cada ocasión, antes de cambiar de persona o grupo familiar, el plano del retrato permanece fijo un rato más cuando ha acabado el relato de los hechos sobre él, momento en que, de forma impepinable, te pones a observar, ahora sí en profundidad, la mirada del retratado.
Previamente al inicio de la proyección oí algunos comentarios en tono festivo diciendo que (eran las 17h) íbamos a salir a la hora de la cena (pues la sesión duraba tres horas). A eso de los cinco minutos de metraje, le correspondía el turno a Salomón Almin. Y fue en ese momento en el que me di cuenta de que los retratos iban apareciendo por orden alfabético del apellido de la víctima correspondiente y, conociendo ya un poco la forma de actuar de Jude, vi claro que iba a seguir hasta el final sin variar un ápice ni el tono ni la intensidad, machaconamente, hasta llegar a la Z.
Con esa convicción, me dispuse a oír atentamente cada relato y observar, sabiendo lo que le pasó, el rostro de la víctima. Imposible mantener la compostura las tres horas previstas pero, pese a la huida paulatina de público, es lo que, con sus más y sus menos por momentos, hice.
Estos hechos, cuando se conocen, se suelen explicar dando las cifras de víctimas. En este caso se trató de miles y miles de personas. Pero suele quedar para la historia únicamente la cifra anónima. Por una vez ya no.



 

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