Película amable, pese a todo lo que representa, “La tarta del presidente” (Hasán Hadi, 2025; en M+ y Filmin) me hace bascular entre la simpatía y la resistencia a dejarse llevar. Me explico.
Aunque iraquí, si lo he entendido bien, su director vive en Estados Unidos, y su voluntad ha sido rodar la película en el sitio que quiere retratar, su Irak natal. Por ahí me empiezan las suspicacias. Ha hecho una película que, aunque contenga escenas de calle similares a las que nos hemos acostumbrado gracias a las llegadas desde Irán, se ve pensada para tocar el corazoncito occidental. Su protagonista es una niña, muy agraciada, con la que empatizar por su situación (vive con su abuela, sin padres, en una situación muy precaria), su imagen divertida (va a todos lados con un gallo) y su forma de actuar (comportamiento volátil de niña, pero voluntad de hierro para perseguir sus objetivos).
Las notas de ambiente también resultan un tanto enfatizadas: la acción figura desarrollarse durante la guerra contra Iran, y de forma continua se oyen (y a veces se ven, gracias a manipulaciones digitales) cazas iraquíes cruzando atronadoramente el espacio aéreo. En ese sentido, todavía más notable es la proliferación de carteles propagandísticos representando a Saddam Hussein, convertido también en un icono -algo así como la encarnación del mal- para los espectadores occidentales.
Dicho todo lo anterior, sin poder dejar de pensar en todo eso como imposturas, sumado a la voluntad de una fotografía siempre "bonita", una plácida sesión que se sigue con agrado…
Como cuestión de interés especial, las diferentes muestras de arquitectura moderna que aparecen, definiendo bastante aspectos funcionales del lugar. No olvido que la embajada de Estados Unidos en Bagdad había sido diseñada por Josep Lluís Sert, y que buena parte de los arquitectos de la modernidad habían pensado obras para la capital.






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