domingo, 16 de agosto de 2026

Fedra




Empiezo por decir que me gusta un montón la cabecera de Suevia Films. Cesáreo González: aparece la silueta de Vigo y, sobre ella, ondea su bandera.
Luego sigo calificando de innegable el poder visual de “Fedra” (Manuel Mur Oti, 1956; en el canal Flix Olé).
Colocaron unas columnas clásicas en un picacho junto al mar, donde, tras pasar delante suyo los títulos de crédito con las E de los nombres del equipo convertidas en Épsilon (salvo las del director de fotografía, que no debió querer), el padre ciego de Estrella hace sonar una caracola para orientar auditivamente a los pescadores. Esta es la imagen inicial de la película, que se dice basada en el mito, traspasado al Levante español.
Pero luego toda ella es un enorme recital de Emma Penella (Estrella), primero inocente receptora del odio de todas las envidiosas mujeres del pueblo pescador, junto a las que pasa en un travelling por la playa de enorme contraste, ella luciendo escote y tipo, las otras, cubiertas de ropas oscuras hasta la cara (es divertido oír a una vieja vestida de esa guisa diciendo que si ellas se vistieran como ella también tendrían a todos los hombres a sus pies), y también sufriendo los acosos de pescadores y el dueño de la tienda, todos buscando sus favores.
Luego, cuando se ha hecho conocer por el hombre que recibe un profundo flechazo (Enrique Diosdado) y ella misma conoce y lo tiene con quien le parece la promesa de una radiante lejanía (Vicente Parra, teñido de rubio para la ocasión), se desata un vendaval de imágenes de pasión no correspondida que llama a la tragedia.
Toda la película rebosa de insinuaciones sexuales y de una voluptuosidad que por la época no puede explicitarse más.
Los encuadres, como se apreciará mínimamente en alguno de los fotogramas suyos que he encontrado por la red, son también estudiadisimos. Ella se besa con su adorador a la vista de Vicente Parra, con su caballo, al fondo. Por el final, el traje blanco impoluto de ella, “vestida como una novia”, como le pide su marido, alta costura de los años 50, entra en un contraste aún más fuerte con el coro de mujeres de negro del pueblo, cuervos amenazantes en pos de su víctima.
También, ya sin reflejo sexual alguno, también ese encuadre casi de film soviético de vanguardia con las mujeres del pueblo mirando temerosas al mar embravecido.















 

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