viernes, 14 de agosto de 2026

El sonido de la caída


Quise ir al cine a ver “El sonido de la caída” (Mascha Schilinski, 2025) cuando me la recomendaron, pero apenas la hacían en cines y si se proyectaba era en una aislada sesión a horas imposibles. A partir de hoy, transcurrida la ventana de tiempo que aún se reserva a las salas de cine, ya podía verse en Filmin y Movistar, lo que es buena noticia, porque desde luego valía la pena, sobre todo en sus primeros 40 minutos, tras los cuales hay un salto en el tiempo y cambian los personajes, pero no el espacio, que luego se van alternando adelante y atrás, adquiriendo otra senda, en ocasiones similar, otras explicativas de lo ya visto, otras marcando nuevas obsesiones, pero algo diferente.
Encuentro esa primera parte excepcional, como demuestra casi enseguida ese recorrido de la pequeña rubita por los pasillos y estancias de la casa principal de esa granja de hace más de un siglo.
Todo en ese impresionante trozo resulta espectacular. Siempre se trata de ver a través de los resquicios, del ojo de la cerradura, del marco de la puerta, apartando un poco el visillo de la ventana, lo que pasa al otro lado. Hasta la mosca se mete en una escena en la boca del niño muerto para ver qué encuentra ahí dentro.
Todo responde a algo así como la mirada prohibida, que hace adentrar a los personajes, y a nosotros con ellos, dando un paso más en el intento de comprensión, en otro mundo.
Porque, de hecho, con esos movimientos de cámara tan hipnóticos, como pasa con los personajes, nosotros los espectadores accedemos al otro lado. Otro lado que, en la conversación de los agricultores sentados en esa pieza oscura, ellos mismos vestidos de oscuro, es la muerte. Acentuando esa impresión tenemos esa primeriza fotografía, algo difuminada por su parte superior, que muestra a una niña muerta.
Película también, toda esa primera parte, de sensaciones, como ese placer de la niña al ponerse el vestido nuevo, aunque sea uno de luto. Toda una primera parte, pues, para ver y volver a ver, iluminados sus interiores con velas, quinqués…
Y entonces, alrededor de transcurridos esos cuarenta minutos, sin saber muy bien cómo, te das cuenta que ha habido el salto ese comentado. Nos encontramos entonces en la misma enorme granja, ahora convertida en conjunto de casas, que pronto deducimos que se halla en terreno de esa temporal y algo sórdida república tan interesada en el deporte, la RDA, como en otro momento se produce otro salto de tiempo y de personajes y ya hemos llegado a la época del móvil. Y las escenas de las tres épocas a partir de entonces se intercambian y relacionan, siempre con el peligro y la muerte -también ciertas presiones- muy presentes, pero seguramente pasando a más conciencia de sí mismos los personajes, desprendiendo una soledad que parecen querer vencer torpemente.
De tanto en tanto una ensoñación que acentuaría el lado oscuro de la pieza, como ese recuerdo a “Mouchette”. Y siguen las miradas y las conciencias de las miradas de los otros.
La caída del título, con o sin sonido, no creo que tenga que ver con la culpa, pero sí con la muerte.
Extraña, hipnótica hasta la obsesión, película.






 

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