La primera impresión que causa “Prisión” (Ingmar Bergman, 1949) es de modernidad: cine dentro del cine, discusión sobre la obra proyectada, títulos de crédito dichos, como mucho después Godard o el intento de film moderno de Truffaut, a viva voz. Hasta me pregunto si el largo travelling por la calleja de Gamla Stan no se habrá hecho utilizando una silla de ruedas.
Será por ella misma o por tener yo la cabeza por otros lados, lo cierto es que sólo he entrado esporádicamente en su trama, para volver a perderme, hasta confundiendo sus actores y todo, en muchos de sus altibajos anímicos.
Habrá que dejar que Bergman crezca un poco más, para que no quiera meter tanta leña en el fuego que lo llegue a ahogar.





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