No me atrajo excesivamente cuando pasó por el Festival D’A (de nuevo un rumano hablando del final de Ceasescu casi cuarenta años después, me dije) y la carátula de su pase en Movistar, donde al final la he visto era tan poco atractiva que la dejé pasar. Pero una pequeña reseña de Javier Rueda en el Caimán de septiembre me hizo entrar la curiosidad. Empece a ver “El año nuevo que nunca llegó” (Bogdan Muresanu, 2024; en Movistar) ayer después de comer y cuando llevaba una media hora sin enterarme demasiado (hora de quedarse algo traspuesto), viendo que tenía su atractivo, me espabilé, rebobiné y la vi entera, pasando yo a clasificarla como una de las películas a tener en cuenta de la temporada.
Me ha parecido muy bien reflejado el ambiente malsano que refleja de toda una sociedad derrotada, pintada a través de las historias de unas cuantas personas de un barrio de Bucarest en proceso de demolición … al día siguiente “de lo que pasó en Timisoara” como se comenta con la boca pequeña varias veces. En Timisoara, como se recordará, se dio el motivo desencadenante que hizo estallar el hartazgo final de los rumanos con su régimen.
Ahora mismo no recuerdo sonrisas en las caras de ninguno de los personajes, ni del régimen ni de los demás. Sí una cara que marca dureza o profunda tristeza.
Y sin embargo, sin risas ni nada que se le parezca, la película está trufada de pequeños retazos de humor, extendiéndose para mí uno de ellos a la historia quizás más desquiciada, con la carta que, para desesperación de su padre, ha escrito un coherente y bondadoso chavalín a Papá Nieves.
En su última parte las historias de los diferentes personajes van trenzándose de forma más acelerada, en un proceso de aumento de la tensión, llevándonos hasta un final que, curiosamente, aún con otros moldes, me ha recordado mucho al de “El sol del futuro”, de Nani Moretti.





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