Cuando “Sin blanca en París y Londres” Georges Orwell dejó las comodidades asociadas a su posición social familiar e intentó experimentar cómo poder vivir sin el respaldo de cantidad de dinero en el bolsillo. En el libro describe minuciosamente el proceso por el que se convirtió en uno más de una tropa empobrecida, pero sobre todo explica la administración de la miseria a la que se vio obligado, todos sus trucos para economizar sin morirse en el intento. Pero Orwell hizo todo eso para adquirir las experiencias que le permitieran escribir. En cualquier momento podía hacer una llamada y dejar atrás ese mundo depauperado que lo envolvía.
No fue ese el caso de Frank Courtés, que sí, tuvo éxito escribiendo sobre su experiencia en la pobreza, pero no buscó ésta como lo hizo Orwell, sino que se encontró con ella. Abandonó una posición económica estable gracias a su trabajo como fotógrafo para dedicarse a escribir, pero cuando presentó su cuarto libro, éste no satisfizo a su editora, pese al relativo éxito de los anteriores. Viéndose entonces sin recursos, emprendió un forzado recorrido hacia una vida cada vez más austera, empleándose de manitas subastando su fuerza de trabajo a la baja, en competencia con otros muchos, en una plataforma con la que contactan quienes quieren que se les haga una chapuza de cualquier tipo. Luego escribió “A pied d’oeuvre”, que le editó Gallimard y el año pasado adaptó Valérie Donzelli.
Y aquí es donde surge el milagro, porque tras su éxito inicial en unas películas que se anunciaron como una nueva y refrescante comedia francesa, la deriva de la realizadora no hacía esperar gran cosa de “Por la mañana escribo” (“A pied d’oeuvre”; 2025; en Filmin, porque ha pasado directamente a la plataforma, sin estrenarse en cines), que me ha parecido, en cambio, una propuesta muy seria y acertada.
Queda algún residuo de su cine de comedia inicial (esas clientas que le contratan para ahora no recuerdo qué trabajo, y hablan un momento, intrigadas, con él, sin quitarse de la cabeza esas flotantes antenas de marcianas), y la película sigue, con un rigor grande, sin buscar los aspavientos sentimentales ni las sobre actuaciones de ninguno de los excelentes actores, ese proceso del protagonista (Bastien Bouillon, muy sobrio) que él mismo registra escuetamente en unas libretitas.
Con este material un realizador al uso norteamericano habría cargado las tintas haciendo irrespirable el resultado. Con gran tino, Valérie Donzelli hace seguir al espectador intrigado y divertido la sucesión de insólitos trabajos, al tiempo que se muestra en su realización tan sobria como la actitud de su protagonista. Véase, por ejemplo, los repetidos planos de pies de unos y otros, tan definitorios de posición social y más cosas, con los que nos obsequia, casi propios de un cineasta bressoniano.
No carente de momentos emotivos, estos surgen sin que te lleves la impresión de que se ha trabajado a fondo para, como única meta, lograrlos.
Y, de paso, ofrece un certero retrato de los lamentables mecanismos sociales que estamos esparciendo por doquier.
Cortando el césped con tijeras de podar.
Con las marcianas en fiesta a donde va a trabajar.
Su desesperado padre.












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