“Los niños del paraíso”, aún con su tono amable al poblarla toda ella de niños, revelaba el estado de una población del Japón desorientada, empobrecida y diezmada por la guerra. Sólo un año después, en 1949, con “El Sr. Shosuke Ohara” (ayer en la Filmoteca), Shimizu registraba la profunda occidentalización del país, que iba irremisiblemente cambiando sus costumbres por las de sus vencedores, los norteamericanas que ocuparon el país.
Lo hacía, no obstante, de forma indirecta, trasladando el relato, parece que muy popular en el Japón (divulgado por un libro cuya cubierta aparece en un plano de la película), sobre el inexorable camino seguido por el Sr. Ohara, miembro de una prestigiosa familia, que le va llevando a la ruina económica. Pero en esa ruta va apareciendo un equipo de béisbol al que el desprendido Sr. Ohara les regala su uniforme deportivo, todo un grupo de mujeres a las que Ohara les compra máquinas de coser y les contrata una instructora (que se hace llamar Margaret…) para enseñarles, un equipo de béisbol infantil al que patrocina, y toda otra gente que van a agasajarle y se ganan sus favores, que no sabe negarles, profundizando sus deudas.
Otras nuevas costumbres que van sustituyendo a las tradicionales las podemos ir viendo por toda la película: nuevos bailes, no digamos otras formas de vestir (sólo respetando el kimono su hermosa y siempre discreta mujer), incluso en cierto modo esas elecciones a la alcaldía que tienen lugar en la trama.
El Sr. Shosuke Ohara nos ha sido presentado al empezar la película mediante tres planos en cadena muy peculiares:
-Un plano general sobre un pueblo
-Un plano general, más cercano, sobre la imponente y singular casa del Sr. Ohara, digna del respeto reverencial que el pueblo conserva por su apellido.
-Un plano medio de Sr. Ohara asomando la cabeza tomando un baño en un tonel situado en una estancia exterior de la casa.
Me fijé también, porque resultan muy llamativos, en otros dos planos muy elaborados que tienen lugar durante la película:
-El primero es un travelling lateral hacia la derecha en el que la cámara capta el movimiento del Sr. Ohara desde el baño/tonel exterior en el que se había refugiado, pasando por el interior de su casa presidida por el enorme, molesto e invasor ruido que producen las máquinas de coser del curso que ha organizado, hasta llegar a entrar por fin al reconfortante silencio de una estancia de arquitectura tradicional japonesa.
-El segundo es también un travelling lateral, éste en sentido contrario, que va desde el ajetreo de la sala donde se está produciendo el vaciado de la casa de todo tipo de utensilios para liquidarlos en una subasta, pasando por el primer plano de la mujer del Sr. Ohara cuando ha descubierto que él está bebiendo con un grupo de geishas que lo colman de atenciones y suponen el final del travelling y plano.
Y, ahora que ya hemos pasado el Ombres Mestres sobre la utilización de la lluvia en el cine, en la película ésta tiene un papel de gran incidencia:
-Marca, envolviéndolo, el momento decisivo de decrepitud de la familia y su apellido.
-La lluvia se lleva flotando las maderas que recordaban a miembros anteriores de la familia cuando el Sr. Ohara admite apoyar al encorbatado candidato a la alcaldía.
-Son cuatro gatos los que soportan estoicamente, bajo la lluvia, el discurso del cura candidato a la alcaldía, incapaz de superar los medios de propaganda a lo americano puestos en marcha por el otro candidato.
En cualquier caso, la película no deja de ser, envuelta en otra cosa, un nostálgico alegato por un mundo al que nuevas formas están enterrando… Y es precisamente esto lo que para mí aúpa la película que, por su tono quizás excesivamente bufo con el que está relatada toda la fábula, no alcanza para mí el nivel de las mejores suyas que ya hemos visto en su retrospectiva.





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